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Vivir en el espectro autista siendo activista de los derechos humanos supone, entre otras cosas, dedicarse a informar y difundir sobre inclusión y diversidad; sobre las etiquetas que nos ponen a las personas con alguna diferencia, por mínima que sea, con respecto a la mayoría de la gente; hablar continuamente de los rasgos de las personas con un diagnóstico así como de sus dificultades cotidianas y sus características personales.

También supone dedicar mucho tiempo a desmentir mitos que por alguna razón los medios de comunicación, el cine y la televisión difunden sobre el colectivo con autismo y a la vez hablar mucho, concienciar mucho, sobre las necesidades que tenemos.

Todo nuestro mundo es diverso.

Hay miles de plantas, árboles y flores diferentes. Todas cumplen una función, todas son buenas, válidas e importantes, igual que los animales. Infinidad de especies con sus propias razas a lo largo y ancho de todo el planeta y todos ellos son importantes. Así que la pregunta es ¿por qué no aceptamos la diversidad humana? Si estamos todos de acuerdo (y así parece ser) en que cada persona es única es incomprensible que aún se rechace, aparte y desprecie a aquellas personas que divergen de la mayoría.

Casi todas las personas nos maravillamos cuando se descubre una nueva especie animal o vegetal, cuando se encuentra un espécimen único como un orangután albino, Sin embargo nos somos capaces siquiera de aceptar la más mínima diferencia entre las personas y esto viene siendo así desde que existimos. Las personas tendemos a apartar y discriminar a quienes vemos diferentes, a todo tipo de minorías, y la prueba puede ser desde la discriminación histórica que sufren las personas racializadas (apartar a los negros, acallar a los indígenas, etc.) hasta esa curiosa manía que tenemos de separar a las chicas por un lado y a los chicos por otro.

La importancia de la educación.

Para que esto deje de suceder evidentemente hay que remover los cimientos sociales y este proceso comienza en la educación.

Ni todos los niños y niñas aprenden del mismo modo, ni al mismo ritmo ni las mismas cosas y en lugar de potenciar sus habilidades la escuela aparta y segrega a los que tienen un desarrollo diferente al de la mayoría, continúa estando masificada, por lo que prestar atención a las sutilezas individuales resulta imposible para los docentes y, además, estamos empeñados en mantener dos sistemas paralelos de educación (ordinaria y especial) que mantiene apartados en centros segregados a muchos alumnos que con los apoyos necesarios podrían convivir y crecer en un centro ordinario, relacionándose con mucha más diversidad de personas que en un centro de educación especial (CEE) y ampliando, de ese modo, las posibilidades de estos niños y niñas de alcanzar una plenitud social que de otro modo diferente al de la convivencia con sus pares no van a poder lograr.

Un colegio ordinario es mucho más similar a la sociedad que un centro especial y, por tanto, prepara mejor a la persona para después convivir en igualdad con todo tipo de personas, tengan alguna diferencia o no con la mayoría.

De hecho la educación es la primera entidad en la que se etiqueta a las personas diferentesy se da valor a esa etiqueta como diferencia sustancial y, a menudo, discapacitante en lugar de observar las habilidades de esa persona y ayudarle a crecer y explotar su potencial lo máximo posible y sin que el proceso resulte traumático.

Estamos haciendo mal las cosas, muy mal, desde el momento en el que un alumno que requiere, por ejemplo, atención de audición y lenguaje, ha de salir de su aula ordinaria para que el profesorado de AL le atienda en una sala cerrada y privada en la que se encuentran solos dicho maestro y el alumno.

Hay que revisar las fórmulas, los protocolos, para conseguir que esa etiqueta que puede que sea necesaria para establecer qué necesita un alumnono se convierta en un lastreo un problema que impida la evolución de ese menor.

Sacha.-

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